lunes, 21 de enero de 2013

Soledad

No era perfecto, pero era lo único que encontré a un precio razonable. Era un segundo piso de un edificio de 4 plantas. Al entrar por primera vez, recuerdo que me impactó el resplandor que formaba la luz en el interior del piso recién pintado de blanco, además, todo estaba impecable. Era un piso pequeño pero suficiente para una persona.

Está bien, iré al grano. Todo iba bien, mejor de lo que pensaba que iría. Mi familia, mis amigos, todos me aconsejaban que no fuese a vivir solo, pero no pude seguir sus consejos, no tuve esa oportunidad.

Tuve que mudarme por razones de trabajo, una empresa me ofreció el puesto de trabajo que necesitaba para ganar experiencia en el ámbito de trabajo que deseaba.

Un día, llegué cansado del trabajo así que cené, me di una ducha y me acosté. Me dormí muy rápido pues no recuerdo nada desde que me tumbé hasta que de pronto me desperté al escuchar ruidos en el salón.
Los ruidos no hubieran sido extraños si no fuese de noche, y más aun, si no viviese solo. Los ruidos parecían ser como si arrastrasen muebles. Pero, ¿quién estaba en mi piso arrastrando muebles? me pregunté.
Me levanté haciendo el menor ruido posible pensando que eran ladrones. Cogí el móvil y marque el número de la policía y puse el dedo encima del botón para llamar. Abrí la puerta de la habitación lentamente sin hacer ningún ruido y me asomé poco a poco. Pude ver el salón y no había nada, o eso parecía desde ese ángulo de visión.
Salí de la habitación y entré en el salón y allí no había nada ni nadie. Extrañado me volví a mi habitación y me dormí pensando que había sido un sueño, o tal vez algún vecino.

Pasaron varios días sin ningún suceso extraño, aunque debo deciros que oía una voz quejándose, lamentándose, como si le doliese. Al principio sonaba como un bostezo pero se iba convirtiendo en el lamento de alguien que está sufriendo. La voz parecía de un anciano. Sin embargo, por aquel entonces pensaba que sería algún vecino.

Una de esos días que volvía tarde de trabajar y me acostaba pasó algo. Estaba acostado y cuando comenzaba a conciliar el sueño notaba una brisa helada en mi cara. Me resultaba muy extraño pues la ventana estaba cerrada, además de la persiana, y la puerta de la habitación también lo estaba. De pronto paró la brisa así que me fui quedando dormido. Entonces me sobresalté al oír una voz grave que decía "¡FUERA!". Encendí la lámpara de la mesita de noche para ver quién o qué era, pero no vi nada, no había nada. Esta vez supuse que sería por el cansancio. Intenté dormirme de nuevo, esta vez lo conseguí, aunque tuve que taparme hasta la cabeza con mi manta pues la intermitente brisa helada no me quería dejar dormir.

Al ir a vivir a este piso tuve que comprar muchos utensilios de cocina entre los cuales estaban incluidos un paquete de 10 cucharas de postre. Os preguntaréis por qué os cuento esto. Pues veréis, un día me di cuenta de que las cucharas desaparecían. Siempre después de comer llevaba todo a la cocina y lo fregaba, o lo dejaba en el fregadero para hacerlo más tarde. Tampoco entraba nadie en la casa excepto yo así que no tenían por qué desaparecer.


Lo último que recuerdo de ese piso es que estaba durmiendo y una voz me despertó. "Despiertaa...," decía la voz en un susurro una y otra vez. Encendí la lámpara lo más rápido que pude pero otra vez no había nada.  Una ráfaga de aire helado paso por mi rostro y se dirigió hacia la puerta, por encima de la mesita de noche, levantando las páginas de mi libro que estaba en la misma. La puerta vibró y me quedé inmóvil.
De repente, la manilla de la puerta comenzó a abrirse y entonces cogí el móvil y llamé a la policía. Mi acongoje empeoró cuando por el teléfono una risa maquiavélica.
Entonces entré en un estado de locura y fui directo hacia la puerta que ahora estaba encajada, tiré de ella golpeando esta contra la pared, pero al mirar, no vi nada.
Fui al salón y allí vi una silla en el aire. De pronto, una figura apareció ante mis ojos. Una figura que levantaba una silla. No podía distinguir su rostro, estaba como difuminado. Le arrojé el móvil que aun no había soltado y le dije a voz en grito:

- ¡¿Quién coño eres?!
- Es mío. ¡Es mío! - dijo agresiva la figura, la aparición.

Me arrojó la silla pero la agarré en el aire y le golpeé con ella. No noté resistencia de la silla al golpearle y la figura se deshizo formando una nube amorfa. La nube se vino hacia mi. Intenté apartarla con las manos pero me resultó imposible. Entonces noté esa brisa helada inundando mi cuerpo.
Y entonces, me vi tirado en medio de la calle, bajo un gran charco de sangre. Fue muy extraño estar de pie frente a mi cuerpo estrellado, con una cadena dorada que salía de mi pecho.

¿Que paso conmigo?
Algo tiró del otro extremo de la cadena y me arrastró hacia una habitación que me deslumbraba, pues era toda blanca, y aun sin tener ventanas, ni puertas, estaba iluminada como un salón con un gran ventanal en un caluroso día de verano.

martes, 11 de diciembre de 2012

Invasión


La vio pasar y no pudo resistirse. Corrió cuanto pudo, y embistiendo a los guardas hizo caer la urna que tanto ansiaba. Al caer al suelo, estalló en mil pedazos y de ella comenzaron a salir látigos de fuego que envolvieron al codicioso agresor, y entonces desapareció.
Tras tres años de investigación, lo único que consiguieron averiguar fue la identidad de aquel agresor, pero nunca supieron que fue de él. El desaparecido vivía en la calle Sánchez Mejías, se llamaba Ricardo Barela Torné y no tenía familia.
Se interrogó a los vecinos del Ricardo y lo único que descubrieron los policías fue que trabajaba como peón de albañil, y que fumaba sustancias psicotrópicas.
Aburridos de no descubrir nada, dieron a Ricardo por muerto y cerraron la investigación.
A los cinco años y medio de la desaparición de Ricardo, un meteorito del tamaño de un camión cayó en la Tierra, más concretamente en Madrid, España.
El meteorito fue recogido por agentes especializados y comenzaron a estudiarlo en una base militar bien protegida. El meteorito era completamente metálico y tan solo respondía a la electricidad. Eso hizo pensar a los investigadores que podía tener vida. Lo conectaron a una batería de un camión y el meteorito absorbió toda la energía de la misma. Al cabo de segundos, el meteorito comenzó a transformarse en un androide de cuatro metros de altura y dos metros de anchura. Antes de que pudiesen reaccionar para combatir al androide, éste les arrebató la vida y abandonó el lugar.
Días más tarde el androide comenzó a arrasar ciudad por ciudad. Pero no todo estaba perdido, Ricardo apareció de la nada, tal como se había ido. Había algo extraño en él, se le veía, poderoso. Poseía un aura de fuego, su musculatura había aumentado y de su espalda salían látigos de fuego.
Ricardo se puso frente al androide y se observaron durante unos segundos. Entonces comenzaron a atacarse. Sus puños chocaban creando ondas expansivas. Los látigos bloqueaban ataques del androide y lo quemaban, Ricardo no cesaba en su ataque y el androide perdía terreno.
Ricardo comenzó a girar sobre si mismo y fue acercándose rápidamente hacia el androide, parecía un torbellino. El androide intentó frenar el ataque de Ricardo pero acabó partido en mil pedazos.
Los espectadores vitorearon a Ricardo pero éste no estaba para nada contento, algo le preocupaba.
Entonces miles de meteoritos comenzaron a caer a la Tierra, por todas partes, y un haz de luz que provenía de la Luna los activó a todos.
La Tierra fue invadida, Ricardo no pudo hacer nada, sus poderes no sirvieron de nada contra aquel ejército de androides.
La raza humana fue esclavizada, sin embargo, al igual que Ricardo desapareció una vez, más humanos fueron desapareciendo. Algunos pensaban que algún día aparecería un ejército de súper hombres que vencieran a los androides.
La esperanza es lo último que se pierde.