miércoles, 31 de octubre de 2012

Desbocada. Segunda parte


Habían pasado dos semanas desde que Ángela intentó dejar escapar los caballos que Adrián tenía en su establo. Durante esas dos semanas, Ángela estuvo enferma debido al camino de vuelta a casa que tuvo que hacer bajo la lluvia aquella misma noche.
Durante el tiempo que estuvo enferma no pudo parar de pensar en Adrián, y eso la fastidiaba. El hecho de pensar en él, aunque solo fuera por elaborar un malévolo plan para fastidiarle, la hacía sentirse furiosa consigo misma. ¿Por qué no podía sacarlo de sus pensamientos?, ¿por qué soñaba con ese hombre? se preguntaba una y otra vez.


Pasaron aquellas dos semanas y lo único que consiguió fue afianzar más aun ese sentimiento de odio y recuperarse por completo.

- Señorita Ángela, un apuesto joven ha venido a visitarla. ¿Qué desea que le diga? - comunicó Amanda, el ama de llaves de la familia Robleda.

Nada más oír la noticia, Ángela pensó en Adrián.

- ¿Un apuesto joven? ¿y se puede saber quién es ese apuesto joven? - preguntó intentando disimular lo que pensaba.

- Se trata de Adríán Mejías, el joven que compró los solares del sur del pueblo. Me preguntó por usted, se le veía preocupado.

Ángela corrió hacia la entrada de la casa, airada. Cuando llegó se paró en seco al ver a Adrián. Aquella vez al verlo el corazón le dio un vuelco. !Que guapo está hoy¡ pensó de repente.

- Vaya, creía que tendrías peor cara. Me dijeron que estabas muy enferma, pero veo que tu belleza no la eclipsa enfermedad alguna. Te iba a traer flores, pero no quería que creyeses que intento cortejarte - dijo Adrián Mejías con el tono burlón que tanto odiaba Ángela.

- Sabes que no te soporto, no se que haces aquí - le dijo Ángela con tono severo sin saber de dónde había sacado las palabras para decir semejante mentira. Tenía demasiado orgullo para reconocer que estaba deseando verle, aunque también deseaba darle un puñetazo en la cara y una patada en el culo.

- No seas mentirosa, si no me soportases no irías a intentar fastidiarme en plena noche durante una gran tormenta. ¿Me vas a invitar a pasar?

- !NO¡ Vete, déjame en paz - y le cerró la puerta en las narices.

Ángela se fue corriendo a su habitación y empezó a maldecir. Al medio día se calmó aunque aun estaba enfurecida. Hambrienta, bajó a la cocina y comió todo lo que se le antojó y se dirigió hacia la casa de Adrián.

Cuando llegó le encontró en los establos, cuidando a los caballos y hablando con ellos.

- Esa chica está loca amigo. No se si me gusta, me hace reír eso sí..., esos arrebatos de ira que le dan me hacen demasiada gracia. Además, se pone muy guapa cuando se enfada. Pero no es para mí, le faltan modales, se comporta como una niña de 3 años mimada, pero a pesar de eso me gusta.

Ángela se fue andando por el bosque tras escuchar eso. La desconcertó completamente. Paseó por el bosque tranquilamente, pensando en aquellas palabras. Luego volvió a casa, se dio un baño y se durmió.

Varios días más tarde Ángela fue con su familia a cenar al mismo restaurante que iban siempre y allí también se encontraba Adrián, aunque Ángela aun no se había dado cuenta. Este se sorprendió mucho al ver que no formaba ningún numerito. Ella había cambiado pensó Adrián.

Pasaron los días y en el pueblo se hablaba del repentino cambio que había dado la chica Robleda. Adrián se  enteraba de los chismes que contaban en el pueblo y cada vez le gustaban más. La niña malcriada había aprendido modales.

Un día, Ángela fue a visitar a Adrián. Éste se sorprendió mucho al verla, pensaba que se había olvidado de él, pero no era así y eso le hizo feliz.

- Como ves, pedazo de imbécil, la niña malcriada sabe comportarse, el caso es que no quería hacerlo hasta ahora - le dijo Ángela.

- ¿Has cambiado por mí?, vas a hacer que me sonroje - se burló Adrián.

- Me voy, no te soporto, no se por qué he venido, no se por...

Y las palabras de Ángela se cortaron cuando, sin esperárselo, Adrián la agarró por la cintura y la besó apasionadamente. Se estuvieron besando unos minutos hasta que Ángela reaccionó, le dio una bofetada y se marchó corriendo de allí.





lunes, 22 de octubre de 2012

Desbocada. Primera parte


- ¡Señorita Ángela, no puede usted hacer eso! - exclamó el jefe de cocina.

- Claro que puedo, soy la heredera de los Robleda, puedo hacer lo que se me antoje - dijo la señorita Ángela con voz serena.



La señorita Ángela pertenecía a la familia Robleda, la familia más rica del pueblo. Esta familia era conocida por todo el pueblo, incluso por todos los habitantes de los pueblos vecinos, por su comportamiento en público. Al ser tan adinerados creían poder hacer lo que les viniera en gana, faltaban al respeto, destrozaban locales, espantaban a la gente de los restaurantes y más barbaridades que se les antojase. La peor era Ángela, la más malcriada... .



Ángela era una hermosa joven, estatura media, pelo castaño y liso y un carácter bastante difícil. Se levantaba todos los días muy temprano, desayunaba y se iba a caminar por el campo. Cuando le entraba hambre paseaba por el pueblo e iba cogiendo del mercado lo que le apeteciera comer. Por las noches salía a cenar con sus padres y ahí era cuando volvían loco al pueblo. La adinerada familia insultaba y tiraba los platos al suelo armando un espectáculo, lo pasaban muy mal los camareros.



Se preguntarán por qué el pueblo les aguantaba. Aunque no lo parezca por mi descripción, Jorge Robleda, el padre de Ángela, tenía un gran corazón. Siempre que alguna familia necesitaba ayuda económica en un momento de crisis, Jorge Robleda les hacía un préstamo para que salieran adelante. El mismo restaurante en el que cenaban todas las noches lo financió Jorge Robleda para que los hijos de los Martínez pudieran seguir sus estudios.



Una fría mañana, Jorge Robleda se enteró de que los solares del sur del pueblo estaban en venta y se apresuró a hablar con el propietario.

- Buenos días, Paco - saludó Jorge al propietario de los solares que quería adquirir.

- Buenos días Jorge, ¿qué te trae por aquí? - le preguntó Paco.

- Me he enterado que vendes tus terrenos. ¿Es que vas a dejarnos?

- Así es amigo, me han ofrecido una buena suma, y si te soy sincero, ya estoy harto de arar el campo, no estoy ya para estos trotes. Y, bueno, lamento decirte que ya está todo vendido.

- ¿Cómo?¿tan rápido? - preguntó atónito Jorge.

- Sí, un tal Antonio Mejías vino a verme. Me ofreció mucho dinero por mis terrenos y accedí. Con tal suma tendré suficiente para vivir lo que me quede y para dejar una buena herencia a mis hijos. También me ofrecieron un empleo en una fábrica, pero rehusé. Por lo que me dijo, su hijo pequeño vendrá a vivir aquí y contratará en el mismo pueblo trabajadores para que le ayuden.


Jorge Robleda, disgustado por la noticia, se despidió de su amigo Paco y se marchó a casa.

Días más tarde, Ángela paseaba por el campo como de costumbre. De pronto escuchó un caballo relinchar y fue sigilosa hasta la procedencia del relinchar. Escondida, observó al apuesto hombre que intentaba calmar a un caballo salvaje. Cuando consiguió que el caballo se calmase dijo:

- Si quieres te enseño, solo tienes que pedírmelo.

Ángela se quedó inmóvil, no sabía si se dirigía a ella o no. No creía posible que la hubiera visto.

- No vas a salir ¿eh? Bueno, sigue espiándome si quieres niñita cobarde.

- ¡Yo no soy ninguna cobarde estúpido engreído! - gritó enojada Ángela.

- Jajaja, al fin sales, ¿no te gusta que te llamen niñita? - se burló el apuesto joven.

- No soy una niñita, tengo 19 años, estoy en la flor de la vida y deja de mirarme con esa cara de idiota. Y más te vale que no vuelvas a llamarme cobarde porque, porque...

- Discúlpeme señorita, he sido un grosero. Mi nombre es Adrián Mejías, compre unas tierras cerca de aquí, y las usaré para criar caballos, vacas, cerdos, pollos y demás animales de granja.

- Ah, pues muy bien - dijo Ángela con grosería.

- ¿Y vos, damisela, como os llamáis? - preguntó con tono burlón Adrián.

- ¡Que no te burles de mí! - exclamó Ángela, y luego se fue corriendo.

Adrián Mejías rió durante un buen rato y luego siguió con su trabajo.


Pasaron unos días antes de que volvieran a encontrarse. Ángela, no podía dejar de pensar en Adrián y eso la desconcertaba. Nunca había sentido esa sensación y al parecer le fastidiaba bastante. Estaba mucho mas irritable de lo normal y eso hacía que fastidiase más al resto del mundo.


Una noche, cenando con sus padres en el restaurante de los Martínez, Ángela armó un escándalo porque la comida de su plato estaba demasiado caliente. Allí se encontraba Adrián Mejías, el cual se levantó y se dirigió a la joven Ángela.

- Señorita, ¿ le importaría dejar de armar tanto escándalo? me gusta comer en un ambiente de paz.

Ángela se quedó paralizada, no se esperaba que alguien le llamase la atención y mucho menos se esperaba al hombre que no salía de su pensamiento. Pero no duró mucho tiempo perpleja.

- ¡A mí tu no me das órdenes estúpido engreído! - le gritó Ángela tirándole por encima un vaso de vino.

Adrián se fue hacia su mesa, cogió el plato de fabada que había pedido y se lo volcó en la cabeza a Ángela. Ésta se puso roja de rabia, parecía que fuese a explotar. Jorge y Ana, los padres de Ángela, estaban riendo a carcajadas por el espectáculo, y los demás clientes del restaurante estaban o riendo o perplejos por lo que estaba sucediendo.

Ángela intentó darle una bofetada a Adrián pero éste le paro la mano, y luego la otra mano cuando intentó pegarle. La señorita Ángela gritó de frustración y Adrián no paraba de reír.

Entonces Adrián la sentó en la silla y la soltó.

- Señores, el espectáculo ha terminado - dijo Adrián dirigiéndose a los presentes. Luego, le ofreció un cheque a los propietarios del restaurante para que cubrieran los gastos por los desperfectos ocasionados.

Jorge Robleda se dirigió hacia Adrián y le pidió disculpas por el comportamiento de su hija y de ellos mismos. Le confesó que llevaban años intentando que alguien les plantase cara por sus actos. Quería saber hasta donde eran capaz de aguantarles. También le confesó que habían malcriado a su hija y que ya era muy tarde para enseñarla a comportarse en público. Luego hablaron de trabajo.



Ángela pasó días encerrada en casa, no quería salir, la habían humillado y quería vengarse. Al fin se le ocurrió como hacerlo. Una noche de lluvia, salió de casa y se dirigió a los terrenos de Adrián Mejías. Una vez allí localizó la puerta de las cuadras. Se acercó y con la sonrisa más malévola que pudo poner abrió las puertas para que los caballos se escapasen.

- ¿Qué malota eres no?, niñita cobarde - dijo Adrián alzando la voz para que Ángela se enterase, pues la lluvia era muy intensa.

Ángela se sobresaltó, no se esperaba que la pillara.

- ¿Cómo has podido darte cuenta? A estas horas deberías estar dormido. Te levantas muy temprano para trabajar, ¿es que no duermes? - le dijo Ángela, enfurecida.

- Es que se te puede oler a kilómetros, a pesar de estar tan mojada.

El tono de burla de Adrián volvía loca a Ángela, le daban ganas de ensañarse a patadas con él.

- Deberías cerrar esas puertas y largarte de aquí - le sugirió Adrián.

- ¿Me vas a dejar volver a mi casa sola con esta lluvia?

- ¿Quieres entrar en mi casa? Lo siento, pero no creo que esté a la altura de la elegancia de vos mi damisela en apuros.

- ¡Te odio! - y tras expresar tan fuerte sentimiento, Ángela se fue caminando bajo aquel horrible tiempo.