miércoles, 21 de noviembre de 2012

Desbocada. Tercera parte.


Con lágrimas de rabia deslizándose por sus mejillas, Ángela corría por el bosque, sin rumbo. Al cabo de un rato, tuvo que parar, pues no podía con su alma. Agotada, se dejo caer sobre las hojas caídas de los árboles.
Tras unos minutos de descanso, decidió volver a casa, pero antes de mover un solo dedo...

- ¡Vaya! si que eres rápida - dijo Adrián Mejías mientras se acercaba a Ángela.

- Déjame en paz. No quiero hablar contigo, no quiero nada contigo - le dijo Ángela con lágrimas en los ojos.

- De verdad que no te entiendo. Nos besamos, y me respondiste el beso, no se por qué...

- ¡Tú me besaste! ¿Por qué has tenido que hacerlo? ¿Por qué has tenido que venir a este pueblo? - exclamó Ángela llena de rabia, otra vez.

- ¿Tanto te cuesta admitir que sientes algo por mi? - preguntó Adrián con una voz que se apagaba con cada palabra.

- No siento nada, absolutamente nada por ti excepto odio - dijo rotundamente Ángela.

Adrián dio media vuelta y se marchó.

Ángela volvió a casa y fue directa a la cocina. Comió hasta saciarse y luego se dio un baño que duró varias horas. Tras el relajante baño se acostó en su cama y durmió casi un día completo.

Cuando despertó estaba repleta de energía así que fue a pasear por el pueblo. Fue un paseo bastante normal y aburrido, así que decidió volver a casa. Pero la vuelta no fue tan aburrida como ella esperaba, pues se topó con Adrián. Éste la ignoró por completo, como si no estuviese allí. Ángela se le quedó mirando fijamente, asombrada por el comportamiento de Adrián.

- ¿Es que no vas a decirme nada? - dijo Ángela, disgustada.

- Señorita, tengo cosas que hacer, por lo que no tengo tiempo para sus cambios de humor, sus impertinencias y sus arrebatos de niña pequeña - le contestó Adrián frío como el acero.

- Pero...  - comenzó a decir Ángela, pero cayó al ver que Adrián se alejaba, ignorándola.


Ángela volvió a casa, desconcertada por lo que había sucedido. Hasta ahora nunca nadie la había ignorado de esa manera. Nunca la habían ignorado, siempre se salía con la suya y eso es lo que le fastidiaba de Ádrián, que sus numeritos no le llamaban la atención.

Pasó días encerrada en casa pensando en que hacer. No se le ocurría la manera de volver a verle sin parecer que quería verle. Su orgullo se lo impedía. Se preguntaba continuamente por qué le habría dicho tan duras palabras.

Pasaron semanas, en las que Ángela dedicó su tiempo a leer novelas románticas. Lloraba muy a menudo sin saber por qué.

Un día, mientras Ángela picaba algo en la cocina, oyó que llamaban a la puerta y se asomó a ver quien era. El ama de llaves abrió la puerta y saludó al visitante.

- Buenos días señor Mejías, pase, pase. Le está esperando en su despacho. Por aquí, acompáñeme.


Ángela se quedó congelada. No se lo podía creer, estaba allí, en su casa.

Sigilosa fue y se puso a escuchar tras la puerta del despacho de su padre. Pero no escuchó nada que le interesase. Cuando decidió escuchar tras la puerta, pensaba oír a Adrián pedirle su mano, a su padre. Había leído tantas novelas... .

Entonces la puerta se abrió y Ángela se retiró corriendo.

- Ángela, no deberías escuchar tras la puerta, si quieres saber de que hablamos solo tienes que preguntar - dijo Jorge Robleda, el padre de Ángela.

- Lo siento papá. No volveré a hacerlo - se disculpó Ángela, lo cual asombró a todos los presentes. ¡Ángela disculpándose!

- Bueno Jorge, ven mañana a recogerlos a la hora que quieras. Estaré por allí todo el día - se despidió Adrián.

- Hasta mañana entonces, cuídate muchacho - se despidió Jorge Robleda.


Y así se marchó Adrián, dejando a Ángela con cara de boba, mirándole fijamente como se marchaba.

- Si te gusta, deberías lanzarte. Es un buen muchacho, además tiene buena mano con los negocios que lleva.

- ¿Qué? ¿Por qué piensas que me gusta? - preguntó Ángela a su padre.

- Bueno, desde que lo conociste se te ve, no te interesas tanto por una persona. Además, en este pueblo no hay secretos. Todo el pueblo sabe que, cada vez que os encontráis, discutiis y eso no es más que porque os gustáis. Es algo normal. ¿Quieres ir a recoger los caballos que le he comprado?

- ¿Qué? Yo..., vale. - Contestó Ángela, colorada como un tomate.


Pasó el resto del día muy nerviosa, dando vueltas de aquí para allá por toda la casa. Tampoco pudo dormir en toda la noche.

Cuando amaneció, bajó a la cocina y sació su apetito. Luego subió se dio un baño y se puso su mejor vestido. Estaba preciosa.
Con una sonrisa nerviosa en la cara, salió de la casa y caminó hacia las tierras de Adrián. Cuando llegó, no vio a nadie allí, así que se acercó a la puerta y llamó. Nadie le abría así que rodeó la casa para ir al establo. Cuando fue a asomarse a la puerta del establo, Ádrián salió montado a caballo velozmente, pisando un charco. Ángela se quedó con la boca abierta al verse cubierta de barro, su vestido, su piel, su pelo....

Adrián desmontó del caballo pero no pudo moverse. Se quedó mirándola inmóvil, pues creía que le mataría en el acto.

- La última vez que me puse este vestido, me lo manchaste de comida. Ahora de barro. No te gusta, ¿verdad? - dijo Ángela, sonriendo.

- Lo siento, no sabía que estabas ahí. ¿No vas a matarme?

- No - respondió Ángela.

- ¿Gritarme?

- No.

- Y eso, ¿por qué?

- No se. Puede que sea porque he estado leyendo... .

- ¿Leyendo qué?

- Novelas de amor - dijo Ángela avergonzada.

- Jajaja - rió Adrián.

- No te rías, ha sido tu culpa. Si no te hubiese conocido..., si no... . ¡Me ignoraste!

- Y, ¿no era eso lo que querías? - preguntó extrañado Adrián.

- Yo no sabía lo que quería.

- Me odias, o eso me dijiste claramente.

- Te odio, sí. Te odio porque me gustas, te odio porque pienso en ti, te odio porque...

Y sin más palabras, sus cuerpos se juntaron como si sus labios imantados se atrajesen como polos opuestos.


jueves, 15 de noviembre de 2012

Un extraño viaje


Ese día sentía algo raro en mi cuerpo, como un hormigueo continuo, como si estuviese nervioso por algo. No estaba nervioso simplemente volvía a Algeciras a pasar el fin de semana con mi familia, cosa que hacía muy a menudo.
El viaje no fue nada especial, iba solo con Logan, sí, llamo Logan a mi coche, y cantábamos, lo de siempre.
A medida que íbamos acercándonos a Algeciras comenzó a aparecer una espesa niebla que no me permitía ver a más de 10 metros, así que aminoré la velocidad a la que conducía.

Cuando estábamos a punto de llegar a casa, pensé que podría ir al paseo de la playa a tomar unas cuantas fotos que quedarían chulas y algo me invadió por dentro y cuando me di cuenta ya estábamos allí. Aparqué a Logan y me bajé con mi cámara de fotos. De repente aparecí dentro del agua sin saber cómo había llegado hasta ahí.
Me salí del agua como pude, pues había mucho oleaje, el mar estaba muy agresivo. Cuando conseguí salir miré hacia el paseo y vi a un hombre haciendo fotos. Al cabo de unos segundos, la imagen del hombre se deshizo como una cortina de humo arrastrada por el viento.

Comencé a andar hacia Logan pero al segundo paso unas voces me reclamaban.

- Ayúdame, ayúdame.

Me giré hacia la izquierda y donde antes no había nada, ni nadie, ahora habían dos niñas pequeñas. Tendrían 9 y 7 años como mucho las niñas. Estaban junto a una caña de pescar y la mayor estaba agarrándola y recogiendo el sedal rápido. No parecía que me hubiesen visto.

- ¿Quién entonces reclamaba mi ayuda? - me pregunté asustado. Todo estaba siendo muy extraño.

Me acerqué a las niñas. Entonces fue cuando me miraron y como un teatro ensayado señalaron hacia el mar mientras decían al unísono:

- Mi mamá, mi mamá... - decían las niñas mientras el viento se llevaba sus voces.

Miré donde señalaban y pude ver un brazo.

- No puedo ayudaros, lo siento, si entro ahí el mar me llevará a mi también. Venid, buscaremos ayuda. - dije con voz apenada. La pena me comía por dentro, no sabía que hacer, quería salvar a esa mujer pero estaba seguro de que nada podía hacer.
De pronto, ante mis ojos las dos niñas desaparecieron, el viento las deshizo... .

Me invadía una sensación de terror, desconcierto, pesadumbre... .

Me dirigí hacia Logan entre la espesa niebla, pero cuando llegué al paseo de la playa la luz se apagó. Estaba tan oscuro todo que no podía ver. Sabía con certeza que había farolas en todo el paseo y también sabía con total veracidad que esas farolas las habían roto a pedradas. Sin embargo, no se por qué sabía eso. Era todo tan extraño... .
Asustado cogí mi móvil y marqué el número de mi madre. El móvil no hacía la llamada y tampoco me servía para alumbrar la oscuridad pues la pantalla no se encendía por mucho que pulsase botones.

Con el móvil pegado a la oreja comencé a andar y notaba como si hubiese personas que chocasen conmigo al caminar. Estaba a punto de echarme a llorar.

- ¡Mi linterna solar que llevo en el llavero! - pensé de repente y me dio un poco de esperanza. Pero no sirvió para nada pues no podía darle a la manivela de la linterna para que alumbrase si tenía la mano ocupada con el móvil. Con las llaves, donde estaba la linterna, en una mano y el móvil en la otra seguí caminando en la completa oscuridad hasta que de pronto una brisa me traspasó y sentí como mi cuerpo se deshacía y entonces, desaparecí.